1929-1932: Capítulo 11. La dualidad de poderes, de la Historia de la Revolución Rusa.
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 177-183.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 16 de septiembre de 1997.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
¿Dónde radica la verdadera esencia de la dualidad
de poderes? No podemos dejar de detenernos en esta cuestión,
que hasta hoy no ha sido dilucidada en la literatura histórica,
a pesar de tratarse de un fenómeno peculiar a toda crisis
social y no propio y exclusivo de la revolución rusa de
1917, aunque en ésta se presente con rasgos más
acentuados.
En toda sociedad existen clases antagónicas, y la clase
privada de poder aspira inevitablemente a hacer variar en su favor,
en mayor o menor grado, los derroteros del Estado. Sin embargo,
esto no significa que en la sociedad coexistan necesariamente
dos o más poderes. El carácter del régimen
político se halla informado directamente por la actitud
de las clases oprimidas frente a la clase dominante. El poder
único, condición necesaria para la estabilidad de
todo el régimen, subsiste mientras la clase dominante consigue
imponer a toda la sociedad, como únicas posibles, sus formas
económicas y políticas.
La coexistencia del poder de los junkers y de la burguesía
-lo mismo bajo el régimen de los Hohenzollern que bajo
la República- no implica dualidad de poderes, por fuertes
que sean, a veces, los conflictos entre las dos clases que comparten
el poder; su base social es común y sus desavenencias no
amenazan con dar al traste con el aparato del Estado. El régimen
de la dualidad de poderes sólo surge allí donde
chocan de modo irreconocible las dos clases; sólo puede
darse, por tanto, en épocas revolucionarias, y constituye,
además, uno de sus rasgos fundamentales.
La mecánica política de la revolución consiste
en el paso del poder de una a otra clase. La transformación
violenta se efectúa generalmente en un lapso de tiempo
muy corto. Pero no hay ninguna clase histórica que pase
de la situación de subordinada a la de dominadora súbitamente,
de la noche a la mañana, aunque esta noche sea la de la
revolución. Es necesario que ya en la víspera ocupe
una situación de extraordinaria independencia con respecto
a la clase oficialmente dominante; más aún, es preciso
que en ella se concentren las esperanzas de las clases y de las
capas intermedias, descontentas con lo existente, pero incapaces
de desempeñar un papel propio. La preparación histórica
de la revolución conduce, en el período prerrevolucionario,
a una situación en la cual la clase llamada a implantar
el nuevo sistema social, si bien no es aún dueña
del país, reúne de hecho en sus manos una parte
considerable del poder del Estado, mientras que el aparato oficial
de este último sigue aún en manos de sus antiguos
detentadores. De aquí arranca la dualidad de poderes de
toda revolución.
Pero no es éste su único aspecto. Si la nueva clase
exaltada al poder por la revolución que no quiso es, en
el fondo, una clase ya vieja, que ha llegado históricamente
con retraso; si antes de tomar oficialmente el poder está
ya gastada; si al empuñar el timón se encuentra
con que su adversaria está ya suficientemente madura para
el poder y alarga la mano para adueñarse del Estado, entonces
la transformación política determina la sustitución
del equilibrio inestable del poder dual por otro a veces más
inconsistente. La misión de la revolución o de la
contrarrevolución consiste precisamente en triunfar, en
cada nueva etapa, sobre esta "anarquía" de la
dualidad de poderes.
La dualidad de poderes no sólo presupone, sino que, en
general, excluye la división del poder en dos segmentos
y todo equilibrio formal de poderes. No es un hecho constitucional,
sino revolucionario, que atestigua que la ruptura del equilibrio
social ha roto ya la superestructura del Estado. La dualidad de
poderes surge allí donde las clases adversas se apoyan
ya en organizaciones estables substancialmente incompatibles entre
sí y que a cada paso se eliminan mutuamente en la dirección
del país. La parte del poder correspondiente a cada una
de las dos clases combatientes responde a la proporción
de fuerzas sociales y al curso de la lucha.
Por su esencia misma, este estado de cosas no puede ser estable.
La sociedad reclama la concentración del poder, y aspira
inexorablemente a esta concentración en la clase dominante
o, en el caso que nos ocupa, en las dos clases que comparten el
dominio político de la nación. La escisión
del poder sólo puede conducir a la guerra civil. Sin embargo,
antes de que las clases rivales se decidan a entablarla, sobre
todo en el caso de que teman la intromisión de una tercera
fuerza, pueden verse obligadas a soportar durante bastante tiempo
y aun a sancionar, por decirlo así, el sistema de la dualidad
de poderes. Con todo, este estado de cosas no puede durar. La
guerra civil da a la dualidad de poderes la expresión más
visible, la geográfica: cada poder se atrinchera y hace
fuerte en su territorio y lucha por conquistar el de su adversario;
a veces, la dualidad de poderes adopta la forma de invasión
por turno de los dos poderes beligerantes, hasta que uno de ellos
se consolida definitivamente.
La revolución inglesa del siglo XVII, precisamente porque
fue una gran revolución que removió al país
hasta su entraña, representa una sucesión evidente
de regímenes de poder dual con tránsitos bruscos
de uno a otro en forma de guerras civiles.
En un principio, el poder real, apoyado en las clases privilegiadas
o en las capas superiores de las mismas, los aristócratas
y los obispos, se halla en contraposición con la burguesía
y los sectores de la nobleza territorial que le son afines. El
gobierno de la burguesía es el parlamento presbiteriano,
apoyado en la City de Londres. La lucha persistente de estos dos
regímenes se resuelve en una franca guerra civil. Surgen
dos centros gubernamentales, Londres y Oxford, cada cual con su
ejército propio, y la dualidad de poderes asume formas
geográficas, aunque, como sucede siempre en la guerra civil,
las limitaciones territoriales son en extremo inconsistentes.
Vence el parlamento. El rey cae prisionero y espera su suerte.
Parece que surgen las condiciones para establecer el poder unitario
de la burguesía presbiteriana. Pero ya antes de que se
quebrantado el poder real, el ejército parlamentario se
convierte en una fuerza política autónoma, que concentra
en sus filas a los independientes, pequeños burgueses piadosos
y decididos, los artesanos, los agricultores. El ejército
se inmiscuye autoritariamente en la vida pública, no como
una fuerza armada, sencillamente, ni como una guardia pretoriana,
sino como la representación política de una nueva
clase que se levanta contra la burguesía acomodada y rica.
Y fiel a esta misión, el ejército crea un nuevo
órgano de Estado que se eleva por encima del mando militar:
el consejo de diputados, soldados y oficiales (los "agitadores").
Se inicia así un nuevo período de dualidad de poderes;
por un lado, el parlamento presbiteriano; por otro, el ejército
independiente. La dualidad de poderes conduce a una pugna abierta.
La burguesía se revela impotente para oponer su ejército
al "ejército modelo" de Cromwell, es decir, a
la plebe armada. El conflicto termina con el baldeo, barriendo
el sable independiente el parlamento presbiteriano. Reducido el
parlamento a la nada, se instaura la dictadura de Cromwell. Las
capas inferiores del ejército, bajo la dirección
de los "niveladores", ala de extrema izquierda de la
revolución, intenta oponer el régimen del alto mando
militar, de los grandes del ejército, su propio régimen
plebeyo. Pero el nuevo poder dual no llega a desarrollarse: los
"niveladores" la pequeña burguesía no
tienen ni pueden tener aún una senda histórica propia.
Cromwell vence rápidamente a sus adversarios. Y se establece
un nuevo equilibrio político, no estable ni mucho menos,
pero que durará una serie de años.
En la gran Revolución francesa, la Asamblea constituyente,
cuya espina dorsal eran los elementos del "tercer estado",
concentra en sus manos el poder, aunque sin despojar al rey de
todas sus prerrogativas. El período de la Asamblea constituyente
es un período característico de dualidad de poderes,
que termina con al fuga del rey a Varennes y no se liquida formalmente
hasta la instauración de la República.
La primera Constitución francesa (1791), basada en la ficción
de la independencia completa entre los poderes legislativo y ejecutivo,
ocultaba en realidad o se esforzaba en ocultar al pueblo, la dualidad
de poderes reinantes: de un lado, la burguesía, atrincherada
definitivamente en la Asamblea nacional, después de la
toma de la Bastilla por el pueblo; de otro, la vieja monarquía,
se apoyaba aún en la aristocracia, el clero, la burocracia
y la milicia, sin hablar ya de la esperanza en la intervención
extranjera. Este régimen contradictorio albergaba la simiente
de su inevitable derrumbamiento. En este atolladero no había
más salida que destruir la representación burguesa
poniendo a contribución las fuerzas de la reacción
europea o llevar a la guillotina al rey y a la monarquía.
París y Coblenza tenían que medir sus fuerzas en
este pleito.
Pero antes de que las cosas culminen en este dilema: o la guerra
o la guillotina, entra en escena la Commune de París,
que se apoya en las capas inferiores del "tercer estado"
y que disputa, cada vez con mayor audacia, el poder a los representantes
oficiales de la nación burguesa. Surge así una nueva
dualidad de poderes, cuyas primeras manifestaciones observamos
ya en 1790, cuando todavía la grande y la mediana burguesía
se hallan instaladas a sus anchas en la administración
del Estado y en los municipios. ¡Qué espectáculo
más maravilloso -y al mismo tiempo más bajamente
calumniado- el de los esfuerzos de los sectores plebeyos para
alzarse del subsuelo y de las catacumbas sociales y entrar en
la palestra, vedada para ellas, en que aquellos hombres de peluca
y calzón corto decidían de los destinos de la nación!
Parecía que los mismos cimientos, pisoteados por la burguesía
ilustrada, se arrimaban y se movía, que surgían
cabezas humanas de aquella masa informe, que se tendían
hacia arriba manos encallecidas y se percibían voces roncas,
pero valientes. Los barrios de París, bastardos de la revolución,
se conquistaban su propia vida y eran reconocidos -¡qué
remedio!- y transformados en secciones. Pero invariablemente rompían
las barreras de la legalidad y recibían una avalancha de
sangre fresca desde abajo, abriendo el paso en sus filas, contra
la ley, a los pobres, a los privados de todo derecho, a los sans-culottes.
Al mismo tiempo, los municipios rurales se convierten en manto
del levantamiento campesino contra la legalidad burguesa protectora
de la propiedad feudal. Y así, bajo los pies de la segunda
nación, se levanta la tercera.
En un principio, las secciones de París mantenían
una actitud de oposición frente a la Commune, que
se hallaba aún en manos de la honorable burguesía.
Pero con el gesto audaz del 10 de agosto de 1792, la secciones
se apoderan de ella. En lo sucesivo, la Commune revolucionaria
se levanta primero frente a la Asamblea legislativa y luego frente
a la Convención; rezagadas ambas con respecto a la marcha
y los fines de la revolución, registraban los acontecimientos,
pero no los promovían, pues no disponían de la energía,
la audacia y la unanimidad de aquella nueva clase que se había
alzado del fondo de los suburbios de París y que hallaba
su asidero en las aldeas más atrasadas. Y las secciones,
del mismo modo que se apoderaron de la Commune, se adueñaron,
mediante un nuevo alzamiento, de la Convención. Cada una
de dichas etapas se caracteriza por un régimen de dualidad
de poderes muy marcado, cuyas dos alas aspiraban a instaurar un
poder único y fuerte, el ala derecha, defendiéndose
el ala izquierda tomando la ofensiva. La necesidad de la dictadura,
tan característica lo mismo de la revolución que
de la contrarrevolución, se desprende de las contradicciones
insoportables de la dualidad de poderes. El tránsito de
una forma a otra se efectúa por medio de la guerra civil.
Además, las grandes etapas de la revolución, es
decir, el paso del poder a nuevas clases o sectores, no coinciden
de un modo absoluto con los cielos de las instituciones representativas,
las cuales siguen, como la sombra al cuerpo, a la dinámica
de la revolución. Cierto es que, en fin de cuentas, la
dictadura revolucionaria de los sans-culottes se funde con la
dictadura de la Convención; pero ¿qué Convención?
Una Convención de la cual han sido eliminados por el terror
los girondinos, que todavía ayer dominaban en sus bancos;
una Convención cercenada, adaptada al régimen de
la nueva fuerza social. Así, por los peldaños de
la dualidad de poderes, la Revolución francesa asciende
en el transcurso de cuatro años hasta su culminación.
Y desde el 9 Thermidor, la revolución empieza a descender
otra vez por los peldaños de la dualidad de poderes. Y
otra vez la guerra civil precede a cada descenso, del mismo modo
que antes había acompañado cada nueva ascensión.
La nueva sociedad busca de este modo un nuevo equilibrio de fuerzas.
La burguesía rusa, que luchaba con la burocracia rasputiniana
a la par que colaboraba con ella, reforzó extraordinariamente
durante la guerra sus posiciones políticas. Explotando
la derrota del zarismo, fue reuniendo en sus manos, a través
de las asociaciones de zemstvos, las Dumas municipales y los comités
industriales de guerra, un gran poder; disponía por su
cuenta de inmensos recursos del Estado y representaba de suyo,
en esencia, un gobierno autónomo y paralelo al oficial.
Durante la guerra, los ministros zaristas se lamentaban de que
el príncipe Lvov aprovisionara al ejército, alimentara
y curara a los soldados e incluso de que organizara barberías
para la tropa. "Hay que acabar con esto, o poner todo el
poder en sus manos", decía ya en 1915 el ministro
Krivoschein. Mal podía éste suponer que, año
y medio, después, Lvov obtendría "todo el poder
" pero no de manos del zar precisamente, sino de manos de
Kerenski, Cheidse y Sujánov. Mas al día siguiente
de acontecer esto se instauraba un nuevo poder doble: paralelamente
con el semigobierno liberal de ayer, hoy formalmente legitimado,
surgía y se desarrollaba un gobierno de las masas obreras,
representado por los soviets, no de un modo oficial, pero por
ello mismo más efectivo. A partir de este momento, la revolución
rusa empieza a convertirse en un acontecimiento histórico
de importancia universal.
Veamos ahora en qué consiste la característica de
la dualidad de poderes de la revolución de Febrero. En
los acontecimientos de los siglos XVII y XVIII, la dualidad de
poderes representa siempre una etapa natural en el curso de la
lucha, impuesta a los combatientes por la correlación temporal
de fuerzas, con la particularidad de que cada una de las dos partes
aspira a suplantar la dualidad de poderes por el poder único
concentrado en sus manos. En la revolución de 1917 vemos
cómo la democracia oficial crea, consciente y deliberadamente,
la dualidad de poderes, haciendo todos los esfuerzos imaginables
para evitar que el poder caiga en sus manos. A primera vista,
la dualidad de poderes se forma, no como fruto de la lucha de
clases en torno al poder, sino como resultado de la cesión
voluntaria que de dicho poder hace una clase a otra. La "democracia"
rusa, que aspiraba a salir del atolladero de la dualidad de poderes,
no creía encontrar la salida que buscaba más que
apartándose del poder. Esto era precisamente lo que calificábamos
de paradoja de la revolución de Febrero.
Acaso se pueda encontrar una cierta analogía con esto en
la conducta seguida por la burguesía alemana en 1848 con
respecto a la monarquía. Pero la analogía no es
completa. Es cierto que la burguesía alemana aspiraba a
toda costa a compartir el poder con la monarquía sobre
la base de un pacto. Pero la burguesía no tenía
la integridad del poder en sus manos y no lo cedía enteramente,
ni mucho menos, a la monarquía. "La burguesía
prusiana era nominalmente dueña del poder, y no dudaba
ni un momento que las fuerzas del viejo Estado se pondrían
incondicionalmente a su disposición y se convertirían
en prosélitos abnegados del poder de aquélla."
(Marx y Engels.) La democracia rusa de 1917, que al estallar la
revolución tenía todo el poder en sus manos, no
aspiraba a compartirlo con la burguesía, sino sencillamente
a cedérselo entero. Acaso esto signifique que en el primer
cuarto del siglo XX la democracia oficial rusa había llegado
a un grado de descomposición más acentuado que la
burguesía liberal alemana de mediados del siglo XIX. Y
este estado de cosas obedece a una ley lógica, pues representa
el reverso de la progresión ascensional realizada en el
curso de esas décadas por el proletariado, que venía
a ocupar el puesto de los artesanos de Cromwell, y de los sans-culottes
de Robespierre.
Si se examina la cuestión más a fondo se ve que
el poder del gobierno provisional y del Comité ejecutivo
tenía un carácter puramente reflejo. El candidato
al nuevo poder no podía ser otro que el proletariado. Los
colaboracionistas, que se apoyaban de un modo inseguro en los
obreros y en los soldados, veíanse obligados a llevar una
contabilidad por partida doble con los zares y los "profetas".
El poder dual de los liberales y demócratas no hacía
más que reflejar el poder dual, que aún no había
salido a la superficie, de la burguesía y el proletariado.
Cuando -al cabo de pocos meses- los bolcheviques eliminan a los
colaboracionistas de los puestos directivos de los soviets, el
poder dual sale a la superficie, lo cual indica que la revolución
de Octubre se acerca. Hasta este momento, la revolución
vivirá en el mundo de los reflejos políticos. Abriéndose
paso a través de los razonamientos vacuos de la intelectualidad
socialista, el poder dual, que era una etapa de la lucha de clases,
se convierte en idea normativa. Gracias a esto precisamente se
convirtió en el problema central de la discusión
teórica. En este mundo nada se pierde ni sucede en balde.
El carácter reflejo de la dualidad de poderes de la revolución
de Febrero nos ha permitido comprender mejor las etapas de la
historia en que dicho poder aparece como un episodio característico
de la lucha entre dos regímenes. Así, la luz refleja
y tenue de la luna nos permite deducir importantes enseñanzas
acerca de la luz solar.
La característica fundamental semifantástica de
la revolución rusa, que condujo en un principio a la paradoja
de la dualidad de poderes y al poder dual efectivo que le impidió
luego resolverse en provecho de la burguesía, consiste
en la madurez inmensamente mayor del proletariado ruso si se le
compara con las masas urbanas de las antiguas revoluciones. Pues
la cuestión estaba planteada así: o la burguesía
se apoderaba realmente del viejo aparato del Estado, poniéndolo
al servicio de sus fines, en cuyo caso los soviets tendrían
que retirarse por el foro, o éstos se convierten en la
base del nuevo Estado, liquidando no sólo con el viejo
aparato político, sino con el régimen de predominio
de las clases a cuyo servicio se hallaba éste.
Los mencheviques y los socialrevolucionarios se inclinaban a la
primera solución. Los bolcheviques, a la segunda. Las clases
oprimidas, que, según las palabras de Marat, no habían
tenido en el pasado conocimientos, tacto ni dirección para
llevar hasta el fin la obra comenzada, aparecen en la revolución
rusa del siglo XX equipadas con todo eso. Y triunfaron los bolcheviques.
Al año de triunfar los bolcheviques en Rusia, se repetía
el mismo pleito en Alemania, con distinto balance de fuerzas.
La socialdemocracia se inclinaba a la instauración del
poder democrático de la burguesía y a la liquidación
de los soviets. Y triunfaron los socialdemócratas. Hilferding
y Kautsky en Alemania como Max Adler en Austria, proponían
una "combinación" de la democracia con el sistema
soviético, dando acogida a los soviets obreros en la Constitución.
Esto hubiera significado convertir en parte integrante del régimen
del Estado la guerra civil latente o declarada. Sin embargo, esta
pretensión podía tener, en Alemania, su razón
de ser, fundada acaso en la vieja tradición: en el año
48, los demócratas wurtemburgueses pedían una república
presidida por un duque.
El fenómeno de la dualidad de poderes, no estudiado hasta
ahora suficientemente, ¿se halla en contradicción
con la teoría marxista del Estado, que se ve en el gobierno
el Comité ejecutivo de la clase dominante? Es lo mismo
que si preguntáramos: ¿es que la oscilación
de los precios bajo la ley de la oferta y la demanda se halla
en contradicción con la teoría marxista del valor?
¿Acaso la abnegación del macho que defiende a sus
cachorros contradice la ley de la lucha por la existencia? No,
en esos fenómenos no reside más que una combinación
más compleja de las mismas leyes que parecen contradecir.
Si el Estado es la organización del régimen de clase
y la revolución la sustitución de la clase dominante,
el tránsito del poder de manos de una clase a otra, es
natural que haga brotar una situación contradictoria de
Estado, encarnada, sobre todo, en la dualidad de poderes. La correlación
de fuerzas de clase no es ninguna magnitud matemática susceptible
de cálculo apriorístico. Cuando el equilibrio del
viejo régimen se rompe, la nueva correlación de
fuerzas sólo puede establecerse como resultado de la prueba
recíproca a que éstas se ven sometidas en la lucha.
La revolución no es otra cosa.
Podría pensarse que esta disgresión teórica nos ha apartado de los acontecimientos de 1917. En realidad, nos conduce al corazón de los mismos. En torno al problema de la dualidad de poderes fue, precisamente, donde se libró la lucha dramática de los partidos y de las clases. Sólo desde la atalaya teórica podríamos observar esta lucha y comprenderla.
Capítulo 12. El Comité ejecutivo